Introducción
En un contexto sanitario cada vez más protocolizado, tecnificado y
dependiente de dispositivos, algunas intervenciones básicas, pero vitales, han
quedado relegadas a un segundo plano. La compresión manual prolongada en el
control de hemorragias es una de ellas.
Paradójicamente, hablamos de una técnica sencilla, de bajo coste y con una
eficacia contrastada desde los orígenes de la medicina… que hoy corre el riesgo
de olvidarse.
Este artículo no pretende ir contra la innovación. Al contrario: busca reconciliar
la tecnología con el juicio clínico, recordando que, en determinadas
situaciones, dos manos entrenadas pueden marcar más la diferencia que
cualquier dispositivo de última generación.
La hemorragia no controlada: una carrera contra el
tiempo
La
hemorragia aguda sigue siendo una de las principales causas de muerte evitable
en urgencias, trauma y entornos prehospitalarios. La pérdida rápida de volumen
sanguíneo conduce a:
- Hipovolemia
- Shock hemorrágico
- Hipoxia tisular
- Fallo multiorgánico
En este
escenario, el tiempo es el factor crítico. Cada segundo sin control
efectivo del sangrado compromete el pronóstico.
¿Qué es la compresión manual prolongada?
La
compresión manual prolongada consiste en aplicar presión directa, firme y
mantenida sobre el foco hemorrágico con el objetivo de:
- Colapsar los vasos sangrantes
- Favorecer la hemostasia natural
- Ganar tiempo hasta la
intervención definitiva
No es una
maniobra “transitoria” menor. Bien ejecutada, es una intervención
terapéutica en sí misma.
Por qué se olvidó: la obsesión por los dispositivos
En los
últimos años, el abordaje del sangrado ha incorporado múltiples herramientas:
- Torniquetes comerciales
- Vendajes hemostáticos
- Dispositivos de compresión
mecánica
- Algoritmos rígidos de control
del sangrado
Todo ello ha
aportado valor, sin duda. Pero también ha generado un efecto colateral: la
falsa percepción de que sin un dispositivo, no hay intervención válida.
La
consecuencia es clara:
- Se retrasa la actuación
esperando material
- Se infrautiliza la compresión
manual
- Se delega el control del
sangrado al “protocolo”, no al profesional
Por qué importa: cuando las manos superan al protocolo
La
compresión manual prolongada sigue siendo clave porque:
- Es inmediata: No requiere preparación ni
material específico.
- Es universal: Funciona en cualquier entorno:
urgencias, domicilio, calle, hospital, catástrofes.
- Es adaptable: Permite modular presión,
localizar el punto exacto y reevaluar constantemente.
- Es clínica, no mecánica: Integra observación, tacto,
respuesta del paciente y evolución del sangrado.
En
situaciones de hemorragia masiva, la diferencia entre actuar y buscar el
dispositivo adecuado puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Técnica correcta: mucho más que “apretar”
Desde una
perspectiva docente, la compresión manual eficaz requiere:
1. Localización precisa del foco
No comprimir
“donde parece”, sino donde sangra. Retirar coágulos superficiales si es
necesario para identificar el punto real.
2. Presión firme y constante
- Presión suficiente para
colapsar el vaso
- Sin intermitencias
- Sin “comprobar cada 10
segundos”
La presión
que se interrumpe, fracasa.
3. Tiempo adecuado
La
hemostasia no es instantánea.
En muchos
casos se requieren 10–15 minutos continuos sin liberar la presión.
4. Protección del profesional
Uso de
guantes y barreras, sin comprometer la eficacia.
5. Reevaluación clínica
Color, pulso
distal, nivel de conciencia, signos de shock.
Errores frecuentes
- Soltar la presión demasiado
pronto
- Cambiar de técnica sin
necesidad
- Priorizar el vendaje sobre el
control real del sangrado
- Confiar en que “el dispositivo
hará el trabajo”
La
compresión manual no es un paso previo, es un pilar del control
hemorrágico.
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