Consiste en el uso de
un gradiente de presión hidrostática para inducir la filtración del agua
plasmática a través de la membrana del hemofiltro. El proceso de hemofiltración
elimina pequeños solutos (urea y electrolitos) en aproximadamente la misma
concentración que lo hace el plasma. Por tanto, no hay cambios en las
concentraciones plasmáticas de estos con la hemofiltración.
Es de utilidad en el
control de la sobrecarga hídrica y de las alteraciones metabólicas que se
producen en el paciente crítico con fallo renal agudo, que no responde al
tratamiento convencional (régimen diurético agresivo) y no tolera otros métodos
de diálisis como hemodiálisis o diálisis peritoneal.
